Un café, sólo




Cuando Vicente y su madre llegaron a la cafetería contigua 
al centro comercial, la señora sentada frente a ellos 
devoraba con avidez un plato de crepes con helado y sirope, 
mucho sirope de chocolate.-¡Qué avaricia!-
Cuando hubo
Terminado, pidió a la camarera que retirara el plato de la 
 mesa, ante la extrañeza de ésta. Ella siguió sentada.       Pasado un rato,
llegaron las amigas de la señora, cuatro, cinco, seis quizá. 
Se sentaron en torno a la mesa, donde ella permanecía. 
Alegremente y con vigor, sin reparo alguno, empezaron a
pedir la merienda a la camarera: cafés, pastas, pastelitos y pedazos de tarta por doquier, una por una y muy 
educadamente.Cuando le llegó el turno a la señora, ésta, 
haciendo un aspaviento dijo:
-Yo, sólo quiero un café solo, no quiero engordar.

Ilustración: Clara Morales (Ms Celania)
Texto: Vicente Perpiñá Giner
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